FRATERNIDAD DE LAICOS CISTERCIENSES

 

QUIENES SOMOS

Somos un grupo de personas empeñadas en vivir nuestro seguimiento a Jesús desde la

perspectiva de la Espiritualidad del Císter. Al amparo del Monasterio de Nuestra Señora de Vico,

nos venimos reuniendo desde el año 2002. Este año fuimos convocadas para un curso sobre la

Vida Monástica. El grupo ha ido evolucionando y hoy podemos decir que formamos una

fraternidad laica cisterciense.

Nos reunimos una vez al mes en el Monasterio. Las hermanas nos dan la formación.

Una de las hermanas de la fraternidad está en el Consejo de Pastoral de la Parroquia de Arnedo.

Ella propuso al Párroco que, a través de la hoja parroquial que sale todos los domingos,

comunicar las reuniones que tenemos en el Monasterio.

 

Ella escribió esto:

"Desde hace 5 años, un grupo de personas nos reunimos en el Monasterio de Nuestra Señora de Vico una vez al mes.

Todo empezó con unas jornadas de Vida Monástica. Quedamos en hacer una "Escuela de oración", así funcionó durante tres años.

Como nos sentimos tan unidas a las hermanas y al Monasterio; alguien del grupo propuso formar una "fraternidad laica cisterciense" y a todos nos gustó la idea.

Queremos vivir la Espiritualidad del císter. Tenemos unas pautas de vida y son estas:

 

Hay algunos puntos más, pero esto dará una idea de lo que trata.

Las hermanas se encargan de nuestra formación. En casa seguimos profundizando los temas que nos imparten. Dos veces al año tenemos un día de retiro. También se organizan "Jornadas Monásticas" que resultan muy enriquecedoras.

El pasado 14 de Julio se hizo una; acudiron personas de Madrid Alava, Guipuzcoa, Logroño, Calahorra, Navarra. Un total de 20. Pasamos una jornada preciosa de convivencia, trabajo y oración.

 

Queremos invitaros a todos. PURI SOLANA

 

 

15 DE ABRIL DEL 2008

 

Reunión de la fraternidad con Dom Bernardo Oliveras, Abad General.

        El 15 de Abril, nos reunimos con Dom Bernardo en el Monasterio. Fue un encuentro muy rico en cuanto a comunicación e intercambio de experiencias.
        Comenzamos la reunión partiendo de la carta circular, que Dom Bernardo escribió a principio de este año 2008-06-18. Se empezó comentando las palabras que Él expresa muy bien “Oigo en mi corazón: buscad mi rostro”. También se hizo alusión a la idea de la “búsqueda de Dios”; clarificó bien en qué consiste la búsqueda de Dios.
        Ante algunas ideas, que salieron, sobre lo que se dice de Dios: que cómo puede permitir tal y tales cosas, que tantas veces oímos… nos sugirió que hay que poner rostro a ese Dios, que no ni más ni menos que el rostro de Jesús.
        Terminamos, después de agradecerle el rato que nos dedicó, con la sesión fotográfica, que si puedo acompañaré a esta noticia.

Para facilitaros la lectura de la carta os la copio aquí. De todas formas podéis acudir a la página de la OCSO y su dirección es esta
http://www.ocso.org/HTM/net/ocso-es.htm

CARTA CIRCULAR DE 2008
 Oigo en mi corazón:
buscad Mi Rostro
 (26 de enero del 2008)

Queridos Hermanos y Hermanas:
            Esta será mi última carta anual como Abad General.  Ya todos saben que durante los próximos Capítulos Generales tengo intención de ofrecer la dimisión y estoy seguro de que será aceptada.
        Dieciocho años han pasado desde que les escribí por primera vez.  Aquella primera carta fue una forma de autopresentación, a tal fin les abrí el corazón y mostré lo que había en él: Jesús, María, Evangelio, Iglesia, Regla, Cister, Hombre.  La última palabra recién mencionada era absolutamente inclusiva, significaba varón y mujer.  Estas siete palabras dieron lugar a una segunda carta sobre la Escuela de Caridad cisterciense.  Ambas cartas eran juveniles,  apasionadas y testimoniales.                 
            Hoy, habiendo sucedido y vivido tantas cosas, me siento totalmente el mismo de antes y bastante diferente.  Los años no pasan en vano, aunque lo más propio y esencial siempre permanece.
        En esta carta deseo compartirles lo que ha permanecido constante de mi identidad monástica y que constituye ya un rasgo de mi identidad personal.  Me propongo ser testimonial y tradicional al mismo tiempo.  Les cuento, con palabras de los Padres, lo que he estado haciendo desde que ingresé al monasterio, y más aún, desde que me solicitaron un servicio de autoridad general.
        Espero que todo esto les sirva de reflexión y evaluación ante el espejo del Señor.  Tal como me ha servido a mí la redacción de esta carta.
1. Invitación y respuesta
        Una de la palabras del Señor que ha permanecido en mi interior desde la época del noviciado es ésta: buscadme a Mí y viviréis (Am.5:4).  Quizás por este motivo, oigo siempre en mi corazón: buscad Mi Rostro (Sal.27:8).
        Y esta búsqueda no es vana ni vacía, aún más, goza de una promesa de encuentro o hallazgo: Cuando me busquen, me encontrarán, porque me buscarán de todo corazón, y yo me dejaré encontrar (Jer.29:13; Dt.4:29).  Promesa que, como vemos, reclama una totalidad: porque me buscarán de todo corazón.  O, con palabras del Salmista que tantas veces resuenan en nuestra oración:
                                               -Dios, tú mi Dios, yo te busco, sed de ti tiene mi alma, en pos de ti languidece mi carne, cual tierra seca, agotada, sin agua (Sal.63:2).
                                               -Como jadea la sierva tras las corrientes de agua, así jadea mi alma en pos de ti, mi Dios (Sal.42:2-3).
        Pero lo más importante no ha sido para mí el esfuerzo de la búsqueda, sino la gratuidad del encuentro.  Es que: Dios es bueno para quien le busca (Lam.3:25); aún más: Él mismo nos busca (Jn.14:3), y hasta nos pregunta muchas veces: ¿A quién buscas? (Jn.20:15).
        La vida monástica de todos los tiempos,  y mi propia vida nutrida en esta gran tradición, se ha autocomprendido en base al binomio de buscar y hallar.  Dos texto bíblicos resultan programáticos:
                                               -Estos son los que buscan al Señor, los que buscan tu rostro, Dios de Jacob (Sal. 23:6).
-En mi lecho busqué por las noches al amor de mi alma (...) buscaré al amor de mi alma (...) encontré al amor de mi alma (Cantar 3:1-5).
        San Benito, en su Regla para monjes y monjas, considera la búsqueda sincera como uno de los criterios básicos del discernimiento vocacional: Se observará cuidadosamente si de veras busca a Dios (RB 58:7).  Y las notas que garantizan la veracidad de la búsqueda son el celo en la obra de Dios, en la obediencia y en las humillaciones (obprobria = Según Basilio, Reg.6: servicios domésticos).  Es decir: entrega concreta a aquello que hace de la vida monástica una vida orientada hacia la oración pura y continua y una escuela del servicio divino en comunión fraterna.  La búsqueda concreta de Dios traduce y convierte el deseo en praxis, y de este modo se muestra que el deseo de Dios es genuino. 
        Obviamente que esto presupone para el novicio/a, y para todos los que vamos perseverando en el camino monástico, una certeza creyente de que Dios nos ha buscado y sigue buscando a fin de hacernos felices:  Y, buscándose un obrero entre la multitud del pueblo al que lanza esta llamada, el Señor vuelve a decir: ‘¿Quién es el hombre que quiere la vida y desea ver días felices?’ (Pról.14-15; Cf. 27:8-9).
           Nuestra Tradición cisterciense ha siempre considerado que el Cantar de los Cantares es un poema contemplativo y esponsal.  Así opinan Bernardo de Claraval, Guillermo de San Thierry, Gilberto de Hoyland, Juan de Ford y Godofredo de Auxerre.  Así lo vivieron Lutgarda, Matilde, Gertrudis y tantísimas otras.  Así lo fuí descubriendo con el paso del tiempo y la apertura al don de Dios.  Y esto significa precisamente:  Buscar a Dios sólo y por él solo, eso es sin duda alguna tener un rostro bellísimo, bajo los dos aspectos de su intención (el objeto: qué se busca; y la causa: por qué se busca); lo cual es propio y exclusivo de la esposa...(Bernardo, Sobre el Cantar, 40:3).
            El Salmo 23:6 es frecuentemente utilizado por nuestros Padres para identificar a los monjes.  Este texto bernardiano siempre me habla al corazón:  Aquí no pasamos el día ociosos.  Sabemos muy bien lo que buscamos y quién nos ha contratado: buscamos a Dios y esperamos a Dios [...]  Ahora es cuando disfrutamos de esa posibilidad de buscar y de encontrar: 'Buscad al Señor mientras se deja encontrar; invocadle mientras está cerca' (Is.55:6) [...]   '¡Que bueno eres, Señor, para el alma que te busca!' (Lam.3:25).  Y si tanto eres para quien te busca, ¿cuánto más para el que te encuentra? [...]  Hermanos, buscad, 'buscad al Señor y su poder, buscad continuamente su rostro' (Sal.104:4). 'Buscad al Señor y vivirá vuestro corazón' (Sal.68:33).  Mi alma vivirá para él, porque está muerta al mundo; la que vive para el mundo, en cambio, no vive para él.  Busquémosle de tal modo que siempre estemos buscándole, y cuando él venga a buscarnos diga de nosotros: 'Esta es la raza que busca al Señor, la que busca el rostro del Dios de Jacob' (Sal.23:6)  (Bernardo, Diversis, 4:1,5).
        Quienes han rumiado durante años los escritos del Abad de Claraval me han enseñado que su doctrina se sintetiza en esto: la búsqueda mutua entre Dios y la persona humana creada para amar, por eso su doctrina consiste en narrar una historia de amor.  Toda esta aventura de búsqueda amorosa está bien sintetizada en los sermones 80-85 sobre el Cantar, sermones que comentan las palabras del Cántico: He buscado al amor de mi alma (Cant.3:1).
        El programa teórico y práctico de la Schola caritatis del Císter se concentra asimismo en esta búsqueda mutua y amorosa, enraizada en la imagen de Dios y la semejanza perdida y recuperada mediante la conformación con Cristo.  La experiencia me ha mostrado que mi  “vida interior” consiste en esto: atención-al Señor y tensión-hacia Aquél que me busca y ama.  Busco deseando y encuentro amando.  Las observancias monásticas están al servicio de mi búsqueda-encuentro y del amor recíproco con el Señor, y son al mismo tiempo manifestación de ellos.
        Guillermo de San Thierry, gran amigo de mi amigo Bernardo Claravalense, me enseño a orar de esta manera:  Señor, buscaré tu rostro cuando pueda y cuanto tú me hagas capaz.  Señor, siempre escudriñare tu rostro.  Señor Dios mío, mi sola esperanza, ¡escúchame!, no sea que por el cansancio ya no quiera buscarte.  ¡Que te busque siempre ardientemente!  Dame tesón al rastrearte, ya que me diste el deseo de hacerlo, y cuando no pueda más, acrecienta el deseo que me diste.  ¡Que siempre te recuerde, te conozca y te ame con ardor!  ¡Oh Dios Trinidad!, refórmame hasta llegar a esa plenitud que tú sabes y para la cual me creaste conforme a tu imagen, para que así te recuerde fielmente y sobriamente piense en ti y verdaderamente te ame sobre todas las cosas (Enigma de la Fe, 3:23).
 2. Búsqueda orante
        La oración, en todas sus formas y expresiones, me ha sido prioritaria en la experiencia de la búsqueda y del encuentro con Dios en Cristo.  San Benito es clarísimo a este respecto, de aquí que recomiende:  Ante todo, cuando te dispones a realizar cualquier obra buena, pídele con oración muy insistente que él la lleve a término (...)  Y por lo que toca a lo que no puede en nosotros la naturaleza, roguemos al Señor que se digne concedernos la ayuda de su gracia (RB, Pról.4,41).  Y, más brevemente: Nada se anteponga a la Obra de Dios (RB, 43:3); Escuchar con gusto las lecturas santas y postrarse con frecuencia para orar (RB, 4:55-56). 
        Me detengo un momento en la experiencia monástica de la oración en cuanto relación, comunicación y comunión con Dios.
        Esta experiencia se fundamenta en nuestro ser personal.  En cuanto personas humanas somos uno en relación, somos, por lo mismo, seres dialogales.  Nuestra capacidad inherente de comunicación reclama comunión existencial.  Nuestra exigencia de comunión sólo se sacia en la unión con el ser Absoluto: Dios.
        Pero la oración no es predominantemente una actividad psíquica o psicológica, es una actividad teologal.  La oración comienza en Dios y, por gracia suya, continúa en nosotros como interlocutores.
        Cuando oramos en estado de gracia, como amigos o esposas de Dios, nos relacionamos con Él mediante la fe viva; es decir: una fe vivificada por el amor o una fe enamorada.  Por el contrario, ¡Dios no lo permita!, cuando oramos en estado de desgracia o pecado por haber negado al Señor, oramos con fe pero sin amor; es decir: una fe muerta pues no está vivificada por el amor.
        Las cuatro formas esenciales que configuran mi vida orante y la de ustedes son la Celebración Eucarística y la Liturgia de las Horas, la lectio divina y la intentio cordis. La Liturgia manifiesta especialmente el fin espiritual de nuestra vida monástica, ella se prolonga e interioriza mediante la lectio y la oración silenciosa y personal.  En un par de cartas precedentes les hablé de la Eucaristía (1994) y de la lectio divina (1993).  En consecuencia, diré ahora solamente una breve palabra sobre la Liturgia de las Horas y la intentio cordis.
 2.1. Liturgia de las Horas
        No hay duda que la Liturgia de las Horas es la columna vertebral de nuestra jornada monástica y uno de los pilares de nuestra oración continua.  Por este motivo, solemos caer, excepto los aspirantes y novicios, en la rutina con respecto a ella. Es útil, en consecuencia, motivarnos periódicamente a fin de que este sacrificio de alabanza e intercesión sea en espíritu y verdad, es decir, en comunión con los hermanos/as y con Cristo Sumo Sacerdote.
        El Patriarca Benito, consciente siempre de nuestra debilidad, me ofrece dos consejos para evitar esa costumbre o hábito robotizado que llamamos rutina.
        El primer consejo está inspirado en la Palabra de Dios, se los presento en latín:  Psallite sapienter (RB 19:4).  Las traducciones del Salmo 47(46), en donde se encuentran estas palabras, suelen ser muy diferente unas de otras; y otro tanto se constata en las traducciones de la Regla. ¿Qué me está y nos está aconsejando el Abad Benito?  Me enseñaron, aprendí y he enseñado lo siguiente:

-Salmodiar con reverencia, respeto y temor de Dios, que es una forma de humildad y principio de sabiduría.  Todo esto nos ubica correctamente ante la presencia divina.
-Ejecutar y ordenar todo con arte (tonos, silencios, lecturas...) a fin de estar en paz y contentos en el Opus Dei.  Las intervenciones espontáneas se disciernen según la utilidad que prestan a la edificación del prójimo y de la asamblea orante.
-Gustando y saboreando el sentido espiritual (alegórico, tropológico y anagógico) de los salmos que cantamos, lo cual no significa hacer exégesis durante el Oficio sino dejar que Cristo se nos haga presente.
-Anteponiendo el gozo del Señor al escucharnos a nuestro propio gozo al cantarLe. Esto nos descentra de nosotros mismos y nos vuelve gratuitos.

        Hay también quienes piensan que estas dos palabras, psallite sapienter, no son más que una anticipación de lo que sigue a continuación, es decir, el segundo consejo que nos ofrece San Benito: Ut mens nostra concordet voci nostrae (RB 19:7).  En estas palabras encontré siempre un itinerario ascético-místico que comienza en la atención y concluye en la comunión.  Suscintamente:

-Prestar atención a las palabras y caer en la cuenta de las tremendas verdades que decimos, que el Señor nos hace decir: ¡salmos imprecatorios o de maldición incluídos!
-Tomar en serio lo que decimos a fin de que los salmos se traduzcan en conductas y modelen la vida: a Dios orando y con el mazo dando.
-Concordando con la voz de los hermanos que concelebran el Opus Dei a fin de llegar entre todos a tener una sola mente y un solo corazón: hasta ser elevados todos juntos hacia la Vida eterna.
-Concordando con la Voz del único Orante para que haya un solo Orante: ¡este es el momento en el que se hace un gran silencio en el cielo!

        El siguiente texto del Abad de Claraval me ayuda a resumir lo que vengo diciendo, como también a pasar al tema siguiente.  Notemos que Bernardo aplica tanto al Opus Dei cuanto a la oración privada lo que Benito dice de la oración individual:

Sobre la reverencia de la oración hemos leído en Capítulo un pasaje de la Regla, cuya autoridad acaba de avivar vuestra atención.  Aprovecho esta oportunidad para deciros algo sobre la oración.  Para ser breves, creo que algunos suelen experimentar en la oración aridez y entorpecimiento de espíritu.  Rezan sólo con los labios, pero sin pensar en lo que dicen ni a quién se lo dicen.  Y el motivo está en que van a la oración como por rutina y sin la reverencia y preparación que requiere.  Lo único que debe pensar el hermano cuando va a la oración es aquello del Profeta: 'Voy a entrar en el maravilloso tabernáculo y en la casa de Dios' (Sal.41:5).  Realmente, durante la oración nos conviene entrar en la corte celeste, esa corte en la que el Rey de los reyes está sentado en su trono de estrellas, rodeado de la multitud inefable e incontable de los espíritus bienaventurados (...). ¿Con qué reverencia, temor y humildad no deberá acercarse, pues ese pobre renacuajo (vilis ranuncula) que sale a rastras de su charca?  ¿Con qué actitud de temblor, súplica y humildad, y con qué cuidado y atención de todo su ser (sollicitus et toto intentus animo) no se presentará este miserable hombrecillo ante la majestad gloriosa, en presencia de los ángeles y en medio de la asamblea y compañía de los santos?  Todas las acciones nos exigen gran atención; pero sobre todo la oración.  Como nos dice nuestra Regla, en todo momento y lugar nos mira el Señor, pero muy particularmente en la oración.  Es cierto que siempre estamos bajo su mirada, pero en ese momento nos presentamos y acercamos nosotros mismos para hablar directamente con Dios.  El está en todas partes, pero cuando oramos está en el cielo y allí debe estar nuestra mente al orar.  Es decir, nuestro espíritu no se detenga en el techo del oratorio, ni en la atmósfera, ni en la espesura de las nubes, sino que cumpla lo que Cristo nos enseñó: orad así, Padre nuestro que estás en los cielos (Bernardo, Diversis, 25:7-8).
        2.2. Intentio cordis
        El primer místico benedictino, ¡San Benito mismo!, no es un “teórico” de la oración personal y privada: como hombre práctico nos ofrece más bien algunas orientaciones nacidas de su experiencia personal y comunitaria.  Estas orientaciones las encontramos, sobre todo, en el capítulo de su Regla que dedica al oratorio del monasterio (RB 52).  La sencillez del Patriarca, en contraste con la artificialidad de tantos métodos de oración modernos, me ganó desde el primer día el corazón: entre, simplemente, y ore... con efusión del corazón (RB 52:4).
        Lo que San Benito sugiere y enseña respecto a la oración privada y con más recogimiento lo entiendo, en comunión con la tradición cisterciense, en clave de deseo, afecto y adhesión amorosa actuados por la gracia divina.  Estos dos textos avalan mi comprensión:

La oración es una amorosa adhesión del hombre a Dios; una conversación familiar y piadosa; un estarse tranquila el alma iluminada, a fin de gozar de Dios tanto tiempo cuanto le sea permitido  (Guillermo, Carta de Oro, 179). 
La oración cumple ambos ministerios, el de la mirra y el del incienso.  Recoge en primer lugar el afecto del que ora y lo concentra en sí mismo.  Luego lo difunde y lo derrama en Dios.  ¿Qué más semejante a la acción de la mirra que este paso a la unión divina?  ¿Qué más semejante al incienso que esta difusión de afectos divinos? (Gilberto de Hoyland, Sermones sobre el Cantar, 28:7).

        Esta oración ha de ser frecuente y oportuna, es decir: asidua y en horas convenientes.  Sobre esto último San Bernardo nos dice hacia el fin de su vida: El tiempo totalmente libre es el más cómodo y apto, especialmente cuando la noche impone un profundo silencio.  Entonces la oración es más libre y más pura. ‘Levántate de noche, al relevo de la guardia, derrama como agua tu corazón (effunde sicut aquam cor tuum) en presencia del Señor’ (Lam.2:19).  ¡Qué secreta sube de noche la oración, ante la única presencia del Señor y del ángel que la recoge para presentarla en el altar del cielo! ¡Qué grata y lúcida, sonrojada por la timidez del pudor! ¡Qué serena y plácida, no perturbada por el vocerío clamoroso! ¡Qué limpia y segura, desempolvada de toda preocupación terrena, sin ninguna mirada que la alabe, ni tentación alguna que la adule!  Por eso mismo la esposa, tan tímida como cauta, buscaba el secreto del lecho y de la noche cuando quería orar, es decir, buscar al Verbo, que es lo mismo (Bernardo, SC 86:3).
        Notemos en este texto bernardiano que la búsqueda del Verbo tiene lugar sobre todo en la oración, por eso orar y buscar son una misma cosa.  Reparemos también en la imagen del agua derramada la cual se refiere a la efusión del corazón o intentio cordis.
        La enseñanza del Abad Gilberto de Hoyland es similar a la del Claravalense, es decir, las horas de la noche facilitan la efusión del corazón o la intentio cordis en la oración:  Ni aún los intervalos entre las horas nocturnas cantadas en común están entregados a la ociosidad. ¡Oh Dios bueno, esta hora de la noche que no tiene noche porque esta noche se torna luminosa para alumbrarme en mis delicias (Sal.138:11)!  Esas oraciones se hacen en privado pero no piden cosas privadas.  Se baja la voz pero el espíritu está más atento (sed mens intensior) y estas plegarias silenciosas tienen una virtud penetrante.  Con frecuencia una oración vehemente corta la voz, y la que brota de un corazón (affectu) puro y colmado no necesita de palabras para expresarse.  El único amor que resuena en los oídos de Dios, desdeña el ruido de las palabras materiales, las cuales, si bien reaniman al principiante, suelen ser impedimentos para el que ora perfectamente (Gilberto de Hoyland, SC 23:3).
        Recuerdo un día, siendo Abad de Azul y explicando la Constitución 22 de la Orden, que un hermano me puso a prueba preguntándome: “en pocas palabras ¿qué es la intentio cordis?”  A fin de disimular mi ignorancia me tomé tiempo para responder, consulté a un monje australiano, el cual me remitió a la tradición.  He aquí mi respuesta de ayer y de hoy.
        Las referencias a la intentio cordis que encontramos en las Colaciones e Instituciones de Juan Casiano, al igual que en la Regla de San Benito (RB 18:1; 35:17; 48:18; 58:6), nos permiten concluir que, cuando el Patriarca invita a orar con efusión del corazón, está invitando a orar con un corazón unificado y lanzado hacia Dios.  Desglosando lo dicho: atención, moción y fervor:

-Movimiento cordial integrado y ferviente hacia Dios.
-Efusión intensa de un corazón indiviso y orientado hacia Dios.
                       -Tensa y distendida atención interior hacia                                    Dios.

        Es esto, precisamente, lo que hizo la Beata Gabriela Sagheddu el día de su profesión monástica: Te agradezco con toda la efusión de mi alma y al pronunciar los santos votos me abandono totalmente a Ti (Oración escrita para el día de su profesión, 31-X-1937).  Se trata, en definitiva, de la oración pura de un corazón que intenta vivir una vida pura, la cual se abre a la oración permanente.
        Así considerada, la intentio cordis resulta hermana gemela del deseo espiritual que sólo encuentra cumplimiento en la Vida y felicidad de Dios.  Es esto lo que me enseña San Benito y motiva cotidianamente mi búsqueda: desear la vida eterna con toda concupiscencia espiritual (RB 4:46).
        Y vamos ya concluyendo.  Algunos de ustedes me ha preguntado qué pienso hacer luego de mi dimisión.  La pregunta me sorprende.  La respuesta me parece evidente: ¡regresar a mi comunidad de profesión y continuar buscando y encontrando al Señor para gloria Suya y felicidad nuestra!

        Con un abrazo fraterno en María de San José

Bernardo Olivera
Abad General

ELOGIO DEL SILENCIO
           

            El Silencio es una tarea espiritual que requiere la implicación de todo el ser humano. Para los monjes, el silencio no es propiamente una técnica de distensión o de profundización, ni tampoco un método para desconectarse del entorno. El silencio busca más bien el ejercicio de actitudes esenciales y nos formula una exigencia moral: eliminar nuestras actitudes viciadas, combatir nuestro egoísmo y abrirnos a Dios.
            Los monjes no hablan apasionadamente del silencio. El apasionarse es siempre un síntoma de que se han proyectado demasiados deseos inconscientes en un objeto. En los escritos monásticos se habla con mucha sobriedad del silencio, que nunca es definido como el único medio del camino espiritual, sino que es contemplado siempre en relación con todos los demás medios con los que el monje ha de familiarizarse: la oración, la meditación, la dirección espiritual, el trabajo, el ayuno, la limosna, el amor al hermano y la práctica de la hospitalidad. El silencio como camino espiritual consta de tres fases: el encuentro consigo mismo, el desprendimiento o liberación y la unidad con Dios y con uno mismo.

I. EL ENCUENTRO CONSIGO MISMO

A- EL SILENCIO COMO LUCHA CONTRA LAS PASIONES.

            Los monjes utilizan el silencio como un medio en su lucha por la pureza de corazón, la sinceridad interior y la rectitud. Ante todo, el silencio sirve para evitar los numerosos pecados que cometemos a diario con la lengua. En su Regla, S. Benito fundamente el silencio con esta cita del Libro de los Proverbios: “El que mucho habla, mucho yerra” Pr 10,19; RB 6,4). Pero ésta parece ser una fundamentación negativa, en la que no hay ni rastro de elogio del silencio. Sólo debe guardarse silencio porque, de lo contrario, se incurre constantemente en pecado. Con el silencio evito los pecados de la lengua. Está claro que los monjes han hecho experiencias muy negativas con la costumbre de hablar. Tan pronto como se abre la boca, se corre el peligro de pecar. Así se dice en una sentencia de los padres:
            En cierta ocasión, el patriarca Sisoes dijo, lleno de confianza: “hace ya treinta años que no hago oración, por causa de un pecado; por eso imploro: “Señor Jesucristo, protégeme de mi lengua”; y, a pesar de ello, sigo cayendo y pecando cada día por su culpa” (Apo 808).

LOS PELIGROS DEL HABLAR

Según la experiencia de los monjes, son principalmente cuatro los peligros que el hablar conlleva:
            El primero es la curiosidad:
            Un patriarca acostumbraba a decir que el monje nunca debe querer saber cómo es  y cómo se comporta éste o el de más allá; tales indagaciones lo único que hacen es apartarle de la oración y hacerle incurrir en la difamación y las habladurías; por tanto, lo mejor es guardar un estricto silencio (Apo 996).
            La curiosidad genera dispersión. La persona dispersa se preocupa por todas las cosas imaginables. Por culpa de esa misma dispersión, está vacía y es superficial, y no puede arraigar en ella el pensamiento dirigido a Dios. Y, por supuesto, tampoco puede madurar. En uno de los apotegmas se describe ese peligro de manera sumamente plástica:
            Unos hermanos procedentes de Sketis decidieron visitar al patriarca Antonio. Para ello subieron a un barco, en el cual se encontraron con un anciano que también se dirigía allí, pero a quien los hermanos no conocían. Mientras estaban en el barco, se entretenían comentando las sentencias de los monjes, su actividad manual y el contenido de las Escrituras, pero el anciano permanecía en silencio. En cuanto desembarcaron, se dieron cuenta de que el anciano también iba a ver al patriarca Antonio. Cuando estuvieron ante él, Antonio les dijo: “En este anciano habéis encontrado a un buen acompañante”. Pero luego dijo también al anciano: “Tienes buena gente a tu lado”. El anciano repuso: “Ciertamente son buenas personas, pero su casa no tiene puerta, y cualquiera puede entrar en el establo y llevarse el burro”. El anciano lo dijo porque los hermanos decían todo cuanto les pasaba por la mente. (Apo 18).
            El segundo peligro de hablar consiste en juzgar a otros. Si nos fijáramos atentamente en nuestras palabras, comprobaríamos que en gran parte hablamos de otros. Constantemente difundimos algo sobre otros. Las demás personas son en verdad un tema interesante. Proporcionan materia inagotable para la conversación. Incluso cuando alguien quiere hablar en términos positivos sobre otros, se sorprende al ver cómo los juzga y los clasifica, o cómo se compara con ellos. A menudo, cuando alguien habla de otros, está hablando de sí mismo sin darse cuenta. Uno habla de las cosas que le gustaría tener, o de las cosas que le molestan o le causan inquietud le provocan. Aun así, cuando hablo de otros, no me doy cuenta de que en realidad estoy hablando de mí mismo y de mis problemas. Y, en consecuencia, ello no me lleva a un mayor conocimiento de mí mismo, sino, por el contrario, a negarme a observarme sinceramente a mí mismo. Cuando uno habla de otros, se aparta de la realidad propia. Y, aun así, para un observador no es difícil descubrir que uno se traiciona a sí mismo constantemente. A un oyente atento, lo que decimos le permite saber cómo nos va, qué es lo que pensamos, en qué nos ocupamos, qué problemas no conseguimos superar interiormente… Lo que decimos muestra a los demás nuestros sentimientos y nuestros deseos, nuestros planes, nuestras motivaciones, nuestros problemas y nuestros complejos. Cuando una sirvienta le dice a Pedro: “¡Tú también eres uno de ellos, pues hasta tu forma de hablar te delata!” (Mt 26, 73), la mujer no se refiere exclusivamente al dialecto que habla el apóstol, sino también, y sobre todo, a lo que dice. Todo lo que decimos delata nuestro corazón.
            Según los monjes, el tercer peligro de hablar es el ansia de notoriedad. El que habla mucho se erige a menudo en centro de todo cuando dice. Habla una y otra vez de sí mismo, se pone en el punto justo, bajo la luz justa, para que también se le vea favorablemente. Por eso dice el monje griego Juan Clímaco: “la locuacidad es el trono de la vanidosa avidez de notoriedad, en el que se sienta para administrar justicia sobre sí misma y darse a conocer al mundo a bombo y platillo”. El que habla quiere llamar la atención. El que habla espera que se le escuche, que se le tome en serio. Y a menudo espera que se le reconozca o incluso se admire. Sin darse cuenta, uno manipula las palabras de manera que generen reconocimiento. Así, lo que se dice sirve a menudo para satisfacer el afán de notoriedad.
            El cuarto peligro de hablar es que se descuide la actitud de vigilancia interior. Al hablar, se abandona a menudo la actitud de alerta ante uno mismo. Una sentencia de los padres lo explica así:
            El padre Diadoco dijo: “De la misma manera que, si se mantienen abiertas las puertas de un cuarto de baño, el calor sale rápidamente de él, el que habla mucho, aunque sea bueno lo que dice, deja que su memoria se escape por la puerta de la voz” (II, 12).

            Diadoco entiende por “memoria” estar en sí mismo, estar preso en Dios, el recuerdo de Dios. Al hablar, salgo una y otra vez de mí mismo, dejo el centro y salto por encima de los límites interiores que he levantado para tener orden en mis sentimientos y mis pensamientos.

            San Benito, que habla muy claramente sobre la importancia del silencio, afirma que, incluso cuando se trata de cosas buenas, es mejor callar que hablar. Con ello quiere decir que es prácticamente imposible hablar de cosas buenas sin entrar en contacto con las malas, de la misma manera que es imposible comer carne sin matar antes a un ser vivo.

            San Benito quiere hacernos ver cómo en todas nuestras conversaciones se infiltra el mal. Pero ese descubrimiento no debe hacernos sentir un miedo injustificado a pecar, pues en tal caso ya no hablaríamos en absoluto, para no incurrir en pecado. Aun así, para san Benito no se trata de estar libres de pecado, sino de que no nos hagamos ilusiones acerca de nosotros mismos, de que no creamos que con nuestra lucha por unos ideales somos ya casi perfectos. La experiencia de que siempre que hablamos pecamos no debe angustiarnos. No debemos caer en un estado de mala conciencia constante, porque entonces nos convertimos en personas con excesivos escrúpulos de conciencia. Más bien debemos relacionar siempre la experiencia de hablar y su carácter ambivalente con la certeza de  que Dios nos acepta tal como somos.
            Por eso, san Benito exhorta a sus monjes a no dudar nunca de la misericordia de Dios (RB 4, 90). Para verse una y otra vez como pecadores cuando uno habla, se requiere un cierto grado de humor, un humor que hunde sus raíces en la certeza de que somos aceptadas y amadas por Dios. Entonces la experiencia de la debilidad propia no conduce a un temor excesivamente escrupulosos a pecar, sino a un sentimiento de libertad interior. La imagen ideal de mí misma que llevo en lo profundo de mi corazón y a la que me aferro con tanta pasión es cada vez menos consistente. Ya no necesito llevarla conmigo, y ahora puedo verme a mí misma tal como soy. Así me libero de mí misma. No necesito identificarme con mi imagen ideal, me está permitido ser quien soy, pues Dios me quiere tal como soy. Por tanto, la experiencia del peligro que corro cuando hablo es, al mismo tiempo, la experiencia de que soy aceptada y acogida en el amor y la misericordia de Dios.
 (Cf. A. Grüm, Elogio del Silencio)

 

 

María, Rosamary, Nico Puri, Mª Isabel Mª Isabel, Martina, Pepita