¿TE GUSTARÍA PASAR UN DÍA DISTINTO?

 

ATENCIÓN: ¡CAMBIO DE FECHA!

Te invitamos a la jornada Monástica que tendrá lugar el 20 de Noviembre del 2010.

Dará comienzo a las 9,30 de la mañana y se terminará con las Víperas a las l9,30.

Está dirigida a personas mayores de 20 años.

Si te animas, ponte en contacto con la Hermana Carmen.

Tfno: 941 38 02 95

e-mail: cisterocso.nsv@confer.es

 

 

 

TEMAS QUE SE HAN IMPARTIDO EN LAS JORNADAS MONÁSTICAS

LA SEÑAL DE LA CRUZ

La señal de la Cruz es, y seguirá siendo:
         - el gesto fundamental de la oración del cristiano
         - profesión de fe en Cristo Crucificado, expresada corporalmente según las
               palabras de san Pablo: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado.
         - un sí visible y público
                   . a Aquél que ha sufrido por nosotros;
                   . a Aquél que hizo visible en su cuerpo el amor de Dios llevado hasta el
                     extremo.
         - profesión de fe: yo creo
                   .  en Aquél que sufrió por mí y resucitó;
                   . en Aquél que ha transformado el signo del oprobio en signo de amor
                         actual de Dios por nosotros. La profesión de fe
         - una profesión de esperanza: creo en
                   . Aquél que, en su debilidad, es Omnipotente;
                  . Aquél que, a pesar de su ausencia aparente, y extrema impotencia,
                        puede salvarme y me salvará.
         - En el instante en que hacemos sobre nosotros la señal de la cruz,
                   . nos ponemos bajo su protección,
                            - escudo que nos protege de las tribulaciones de cada día,
                            - nos da  el valor para seguir adelante en el seguimiento de Cristo.
         - Profesión de Fe en el Dios Trinidad: Padre, Hijo, E. Sto. Convirtiéndose en
                  recuerdo del bautismo, más evidente aún utilizando el agua bendita
         - Signo de la pasión, pero al mismo tiempo de la resurrección;
                   . báculo de salvación que Dios nos ofrece,
                   . el puente para atravesar el abismo de la muerte, todas las amenazas
                       del mal, y finalmente podemos llegar hasta Él.
         -Se hace presente en el bautismo, convirtiéndonos en contemporáneos de la
               cruz y la resurrección de Cristo (Rom 6,1-14).
         - Cada vez que hacemos la señal de la cruz, renovamos nuestro bautismo;                     . Cristo desde la cruz nos atrae hacia Él (Jn 12,32) y, de este modo,
                   . nos pone en comunión con  el Dios vivo.
         - El bautismo y el signo de la cruz, que lo representa y lo renueva, son         ante  todo, un acontecimiento de Dios:
                            .el Espíritu Santo que conduce a Cristo, y Cristo que abre la puerta
                              hacia el Padre.
                            . Dios ya no es el Dios desconocido: tiene un nombre.
                            . Podemos llamarlo, y El nos llama.
         - En la señal de la cruz, con la invocación trinitaria, se resume toda la esencia
             del acontecimiento cristiano y está presente
         - Es el rasgo distintivo del cristianismo.
         - Sin embargo, también por esto mismo, abre el camino a todo el conjunto de
             la historia de las religiones y al mensaje de Dios presente en la creación.
         Hacia 1945, se encontraron numerosas tumbas judías con el Signo de la Cruz que se remontan, al siglo primero después  de Cristo. Tales hallazgos no permitían deducir que se tratase de cristianos de la primera generación; se reconoce que el signo de la cruz también estaba presente en el ámbito judío. ¿Cómo entender esto? La clave  se encontró en  Ez 9,4ss. En la visión allí descrita, el mismo Dios le dice a su mensajero, vestido de lino, que tenía la cartera de escriba a la cintura: «pasa por la ciudad y marca con una tau en la frente a los hombres,  que gimen y lloran por todas las abominaciones que se cometen en medio de ella». En la terrible catástrofe que se anuncia, aquellos que no se reconocen en el pecado del mundo, sino que sufren por él ante Dios —sufren con impotencia, pero distanciándose del pecado— deben ser señalados con la última letra del alfabeto hebreo, la Tau, que se escribía en forma de cruz, se convierte en el sello de la propiedad de Dios. Responde al anhelo y al dolor del hombre por Dios, y lo introduce, de esta manera, bajo la particular protección de Dios.
E. Dinkler  pudo demostrar que la estigmatización cultual – en las manos o en la frente- se anuncia ya de diversos modos en el Antiguo Testamento, y que esta costumbre también era conocida en la época del Nuevo testamento. En ciertos círculos del judaísmo, la Tau se había difundido como signo sagrado, como señal de la profesión de fe en el Dios de Israel y, al mismo tiempo, como signo de la esperanza puesta en su protección.
Dinkler concluye afirmando que, en la Tau con forma de cruz “se resume toda una profesión de fe en un solo signo”,”las realidades creídas y esperadas quedan inscritas en una imagen visible. Una imagen  de la que se espera una fuerza salvadora...» (24).
Los cristianos  no retomaron este símbolo judío de la cruz, sino que encontraron la señal de 1a cruz desde lo profundo de su propia fe, y pudieron reconocer en ella la suma de toda su fe.
Sin embargo, la visión de Ezequiel de la Tau salvadora y toda la tradición, basada en ella ¿no debía  contemplarse como una mirada abierta al futuro? ¿No podían ver en todo esto una prefiguración de la cruz de Cristo, que realmente había convertido la Tau en la fuerza de salvación?

 

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Extractado del libro. “El espíritu de la liturgia”  de J.  Ratzinger  -El Papa Benedicto XVI-   3ª Edición- 2005
Cuarta parte: La forma litúrgica, capítulo 2º. El cuerpo y la liturgia.

EL MISTERIO CÓSMICO DE LA CRUZ  
(Algunos textos patrísticos)

         * Los Padres ligados al ámbito cultural griego encontraron en la obra de Platón una extraña imagen de la cruz inscrita en el cosmos
Se trata de una afirmación astronómica: los dos grandes movimientos estelares conocidos por la astronomía antigua se encuentran  y forman conjuntamente la letra griega Chi, que  se representa en forma de cruz (como una X). El signo de la cruz está, por tanto inscrito en el cosmos en su totalidad.
         * Justino mártir, el filósofo que resumía e interpretaba las tradiciones más antiguas,  y fallecido en torno al año 165, llega a decir que la cruz es el mayor signo del señorío del Logossin el cual la creación  entera no podría existir en su conjunto
         La cruz del Gólgota está anticipada en la misma estructura del cosmos; el instrumento de martirio, en el que murió el Señor, esta inscrito en la estructura del universo. Ésta es la verdadera clave interpretativa de toda la realidad.
         Habla de la cruz como el sello del universo.
         * Ireneo de Lyon (muerto  en tomó al año 200, afirma que el crucificado «es, Él mismo, la palabra  de Dios Todopoderoso, que con su presencia invisible impregna nuestro universo Y por eso abarca todo el mundo, su anchura y su longitud, su altura su profundidad;
         Este texto del gran Padre de la Iglesia, oculta una cita bíblica de Ef 3,18ss,a modo de implícita  alusión, de la cruz cósmica, recogiendo probablemente tradiciones religiosas que hablan, del árbol cósmico en forma de cruz, que sostiene el universo. Una idea religiosa que también era conocida en la India.
         *San Agustín   interpretó  existencialmente el significativo de Efesios 3,18ss. En él, ve representadas las dimensiones de la vida humana, en referencia al Cristo crucificado, cuyos brazos abarcan el mundo, cuyo camino llega hasta los abismos del infierno y hasta la altura del mismo Dios.
         *  Hugo Rahner recopiló los textos más bellos de la época patrística dedicados al misterio cósmico de la cruz. (citamos dos únicamente) :
                 - Lactancio (+ hacia 325) leemos, «En su sufrimiento, Dios extendió, los brazos, abarcando así el orbe para anticipar ya entonces que, desde la salida del sol hasta el ocaso, se reunirá un pueblo que habrá de venir para ser acogido bajo sus alas”
                 - Un griego desconocido del siglo IV contrapone la cruz al culto al sol y dice: ahora Helios (el sol) ha sido vencido por la cruz «y el hombre, al que el sol creado en el cielo no  ha podido  instruir, ahora está bañado por la luz solar de la cruz e iluminado en el bautismo
         * En su discurso escatológico Jesús había anunciado que al final de los tiempos «aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre (Mt 24,30).
         La mirada de la fe podía, ya desde ahora, reconocer su señal inscrita en el cosmos desde el principio, y ver así confirmada por el cosmos la fe en el Redentor crucificado.
         Al mismo tiempo los cristianos sabían, de este modo que los caminos de la historia de las religiones se dirigían hacia Cristo.
         “Tu nombre  será  bendición» había dicho Dios a Abrahán al principio de la historia de la salvación (Gn 12,2). En Cristo, hijo de Abrahán, se cumple esta palabra en su plenitud. Él es una bendición y es una bendición para toda la creación y para todos los hombres.
La cruz,  que es su señal en el cielo y en la tierra, tenía que convertirse, por ello, en el gesto de bendición propiamente cristiano.
Hacemos la señal de la cruz sobre nosotros mismos y entramos de este modo, en el poder de bendición de Jesucristo. 
Hacemos la señal de la cruz sobre las personas a las que deseamos la bendición.
Hacemos la señal de la cruz también sobre las cosas que nos acompañan en la vida y que queremos recibir nuevamente de las manos de Dios.
 Mediante la cruz podemos bendecidnos  los unos a los otros.

*Personalmente, - dice Benedicto XVI- jamás olvidaré con qué devoción, y con qué recogimiento interior mi padre y mi madre nos santiguaban, de pequeños con el agua bendita.
Nos hacían  la señal de la cruz en la frente, en la boca, en el pecho, cuando teníamos que partir, sobre todo si se trataba de una ausencia particularmente larga.
Esta bendición nos acompañaba, y nosotros nos sentíamos guiados por ella: era la manera de hacerse visible la oración de los padres que iba con nosotros, y la certeza de que esta oración estaba apoyada en la bendición del Redentor.
La bendición suponía, también, una exigencia por nuestra parte: la  de no salirnos del ámbito de esta bendición. Bendecir es un gesto sacerdotal: en aquel signo de la cruz percibíamos el sacerdocio de los padres, su particular dignidad y su fuerza.
 Pienso en este gesto de bendecir, como expresión plenamente válida del sacerdocio común de los bautizados, debería volver a  formar  parte de la vida cotidiana con mayor fuerza aún, empapándola de esa energía del amor que procede del Señor.

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Extractado del libro. “El espíritu de la liturgia”  de J.  Ratzinger  -El Papa Benedicto XVI-  3ª Edición- 2005       Cuarta parte: La forma litúrgica, capítulo 2º. El cuerpo y la liturgia.

 

Los autores cistercienses

Los cistercienses, como en general los monasterios medievales, heredan la práctica de la lectio divina en su doble modalidad: la docta de los Padres de la Iglesia -Orígenes, Jerónimo y Gregorio Magno- y la indocta o ascética de los Padres del desierto. La primera porque en ellos, la lectura y meditación de la Escritura coinciden con el proceso de la exégesis y el desarrollo espiritual del alma; la segunda porque en todos los monasterios se sigue practicando la rumia oracional y el aprendizaje de textos, particularmente de los salmos. Los Ecclesiastica officia, o Libro de usos de los monjes, en Císter, sugieren incluso era obligatorio conocer de memoria el salterio. En este sentido, trataremos primero de la lectio divina en el marco de la exégesis de la Escritura y el desarrollo espiritual del alma, para decir luego una palabra acerca del segundo aspecto.

Los spiritualia exercitia

            En los monasterios cistercienses la lectio divina forma el núcleo principal de los llamados spiritualia exercitia. Esta expresión no significa lo que nosotros entendemos hoy por “ejercicios espirituales”. En el siglo XII se refiere a los instrumentos del arte espiritual, llamados técnicamente exercitia: prácticas o actividades, que se subdividen en corporales o manuales (corporalia, manualia) y espirituales (spiritualia): dos series que intentan englobar el conjunto de las observancias monásticas: las que interviene el cuerpo, y la que se realizan con la parte espiritual de la persona.

            La lectio divina es, pues, el núcleo principal de los ejercicios que alimentan la vida del espíritu: la lectura e interiorización de la Escritura. En ella se condensa prácticamente toda la actividad espiritual: leer, meditar, orar, contemplar la Palabra, ser iluminados por ella y configurarse con ella sintetiza todo el ejercicio espiritual de la vida, no sólo monástica, sino sencillamente cristiana. Por eso, Guerrico de Igny definirá un día así a sus monjes:

“Vosotros sois los que habitáis en los jardines, los que meditáis día y noche la ley del Señor” (Sermón 54,2).

            La imagen del jardín-paraíso, aplicada a la Escritura pertenece a la tradición. El monje, habitante en la paradisus claustralis, habita también en el jardín de la Escritura, recorriéndolo cual nuevo Adán y alimentándose de sus frutos de vida:

“Cuantos libros leéis, otros tantos jardines recorréis; cuantas máximas elegís, otros tantos frutos recogéis. ¡Bienaventurados aquellos para quienes han sido reservados todos los frutos nuevos y viejos! Os han sido reservadas las palabras tanto de los profetas como de los evangelistas y apóstoles, a fin de que cada uno de vosotros pueda decir lo mismo que la Esposa al Esposo: 'todos los frutos nuevos y viejos los he guardado para ti, Amado mío” (Ibidem).

 

Lectio divina y sentidos de la Escritura

            Para los antiguos, lectura y meditación eran términos muchas veces intercambiables, dado que en ambos casos se trataba repetir textos a media voz. Lo mismo ocurría con los términos meditación y oración, porque la rumia de la Escritura era al mismo tiempo un método de oración y recogimiento. Se trataba de una terminología flotante con la que se designaban distintos aspectos de una misma actividad. Del mismo modo que se usaba con flexibilidad la doctrina de los sentidos de la Escritura, lo mismo se hacía con los componentes de la lectio divina.

            Es en la Edad Media, cuando se sistematizará la herencia antigua. Por lo que a la lectio divina se refiere, la obra más clásica, es la Carta sobre la vida contemplativa, o Scala claustralium, de Guigo II el cartujo, en el siglo XII, que establece los cuatro grados de la lectio que se han hecho clásicos: lectura, meditación, oración y contemplación, perfectamente unificados con los sentidos de la Escritura y el proceso espiritual del alma. Pero abundan otras clasificaciones; en los grandes autores cistercienses no hallamos una sistematización precisa del tema, que sin embargo se integra armoniosamente en el proceso de asimilación de la fe y configuración con Cristo. En su Carta de Oro, Guillermo de Saint-Thierry habla de lectura, meditación y oración, siendo la oración un término amplio, que a veces se convierte en contemplación. El término contemplación también es flexible, ya que no se refiere únicamente a la experiencia mística, sino también la percepción o visión de las verdades de razón (CO 131).

            En cualquier caso, con sistematización o sin ella, la lectura y la meditación se articulan sobre los sentidos espirituales de la Escritura.

 

La lectura como escucha de fe

            La lectura está esencialmente vinculada a la escucha. Es su primer significado, porque aplicar el oído a la Palabra es el primer paso de la lectio divina. Ahora bien, en la Edad Media esta escucha es al mismo tiempo un ejercicio interior y exterior, dado que en ese tiempo, lo mismo que en la antigüedad, la lectura se hace pronunciando las palabras a media voz. Leer y oír vienen a ser sinónimos: en la lectura se oye literalmente la Palabra. En cuanto ejercicio exterior, lo suyo es percibir el sentido literal de la Escritura y proporcionar la “materia” para la meditación. Pero en cuanto ejercicio interior es un ponerse a la escucha de Cristo y un inicio de su búsqueda. Escuchar y buscar son, en este sentido, dos aspectos de lo mismo. San Benito define al monje por la búsqueda de Dios, y comienza su Regla pidiéndole que escuche y aplique el oído a los preceptos del Señor. Y la lectura es el inicio de esa búsqueda:

“Escrutad las Escrituras -escribe nuevamente Guerrico-; no sin verdad pensáis tener la vida en ellas, vosotros que no buscáis en ellas sino a Cristo, del cual dan testimonio las Escrituras”.

            Escrutad, dice. La acción de escrutar caracteriza aquí el acto mismo de leer. Leyendo, escrutando, investigando es como el lector busca a Cristo y se inscribe en la "escuela del Verbo", schola Verbi (Nav 52). Significativamente, el abad de Igny aplica a la lectio divina estas palabras dichas por Jesús a los Judíos que no creen en él (Jn 5,39). Con ello indica que leer la Escritura -scrutamini scripturas, tiene que ver con el inicio de la fe, de la comprensión cristiana de la Escritura, con eso que Orígenes llamaba quitar el “velo”.

            Por eso, aunque se trate de un ejercicio exterior, la lectura es ya el inicio de la iluminación del Verbo en el alma, que Guerrico denomina concepción espiritual de Cristo. Jesús nace en nosotros como en María, cuando le acogemos en nuestro corazón por la escucha de la Palabra, que es el primer asentimiento de la fe: “la que concibió a Jesús por medio de la fe, lo mismo te promete a ti, si tienes fe” (Anun II,4). Por esta escucha de fe, el Verbo mismo entra en el alma y se encarna en ella, como en el seno de la Virgen. De este modo, también nosotros podemos convertirnos en madres del Verbo:

“Alma fiel, abre tu seno, dilata tus afectos, no te angusties en tu corazón, concibe al que la criatura no puede contener. Abre el oído para oír al Verbo de Dios. Tal es el camino para concebir en espíritu en el seno de tu corazón... Mantén tu oído abierto para escuchar y tu espíritu para creer; por el oído escucha la palabra del ángel, en el corazón recibe al Verbo del Altísimo y en tu seno concibe al Hijo de Dios” (Ibidem, 3.4).

            Es así como por la lectura se inicia el proceso de formación de Cristo en el alma, que habrá de ser proseguido por la meditación.

Dimensión ascética y orante de la lectura

            No por el hecho de estar integrada en una hermenéutica, pierde la lectura esa dimensión ascética que hemos visto en los monjes antiguos, para quienes la lectura era un medio de luchar contra los pensamientos. En esta misma línea, San Bernardo escribirá que “la memoria se purifica con la confesión, la mente con la lectura y el afecto o voluntad con la oración” (Var 113,6).  Y en otro lugar sostiene que la lectura es también un arma contra los recuerdos, del mismo modo que la oración lo es contra las tentaciones: “Contra el deleite que nace del recuerdo de los pecados pasados, frecuente lectura; contra la tentación insistente, intensa oración de súplica” (Var 82,3).

            Por otro lado, también se ha venido reconociendo desde antiguo que el hecho de perseverar en la lectura es una tarea ardua, un auténtico esfuerzo -studium- que termina casando y en el que cuesta mantenerse. Y  con el cansancio viene la tentación de huir y abandonar finalmente la lectura. En este sentido no es infrecuente hallar en los autores monásticos de las distintas épocas, referencias más o menos exhortativas o recriminatorias acerca de esta realidad. Los cistercienses tienen las suyas. Veamos uno texto de Guerrico de Igny:

"Si lees con negligencia (legere et negligere) o arrojas el libro de las manos antes de haberlo comenzado, ¿qué fruto piensas vas a extraer? Si no te entregas con asiduidad al estudio de la Escritura (studii scripturae) de manera que se te haga familiar, ¿cuándo piensas que se te revelará? Al que tiene amor a la Palabra (amor Verbi) se le dará conocimieno y en abundancia; mas a quien no lo tiene, se le quitará incluso hasta lo que tiene, por causa de su negligencia"(S. Ben 1,5).

            Amor Verbi, amor a la Palabra. ¿No es éste el origen y el motor de la lectio divina? Sólo quien ama encuentra energías para "perseverar en la Escritura" (Ibidem), con ese esfuerzo y tenacidad que el aspecto ingrato del exercitium tantas veces exige. Este Sermón primero para la fiesta de san Benito es, todo él, un canto a la perseverancia y a la estabilidad en la "obra de la sabiduría": en todos los "ejercicios", tanto corporalia como spiritualia, que constituyen la "disciplina" monástica y que son vistos por Guerrico, no como nacidos de algún tipo de voluntarismo ascético, sino del amor Verbi.  Sólo desde este amor es posible perseverar en el "día y noche" de la lectura-meditación, sin pasar por encima de los textos de forma superficial, negligente y ociosa, sino más bien "escrutándolo todo como las abejas diligentes que sacan miel de las flores"; es decir, buscando el sentido espiritual oculto en las palabras, el maná escondido en la letra, lo cual será ya la tarea de la meditación.

            El problema de la inconstancia es señalado también por san Bernardo, quien afirma que en todo monasterio se dan las cuatro clases de monjes descritas por san Benito en el capítulo segundo de su Regla: anacoretas, cenobitas, sarabaítas y giróvagos, que representan cuatro actitudes espirituales en la comunidad. En este contexto, habla de “giróvagos espirituales que, por su ligereza de corazón, pasan de la lectura a la oración, de la oración al trabajo y nunca permanecen estables en nada, incapaces de una devoción perseverante” (Sent. 31, ser. 3).

            Es la misma idea que encontramos en Guillermo de Saint-Thierry, para quien leer no consiste en “mariposear”, saltando de unos textos a otros, sin profundizar en ninguno. Lo cual revela una mente inconstante y dispersa, que olvida pronto lo leído y no saca provecho de ello. La lectura no ha de ser una simple lectura, como de paso, sino un verdadero estudio espiritual que profundice en el texto: Por eso aconseja elegir un autor y no soltarlo hasta imbuirse de él:

“Durante ciertas horas -les dice a los cartujos de Monte Dei- es necesario dedicarse a lecturas ya determinadas. La lectura vagarosa, inconstante y al azar, no alimenta, sino que vuelve veleidosa el alma y, hecha a la ligera, se desprende fácilmente de la memoria.... En todo escrito hay entre su estudio y la simple lectura tanta distancia como entre la amistad y la hospitalidad, entre el trato afectuoso y el saludo casual” (Carta de Oro 69-70).

            En la Edad Media, la lectio divina es denominada con frecuencia studium. Esta palabra no tiene el sentido académico y meramente intelectual que para nosotros reviste hoy. Se trata más bien de un ejercicio de comprensión al mismo tiempo reflexiva y amorosa de los textos sagrados -exercitium studii, en expresión de Guerrico de Igny- que engloba la lectura y la meditación. Su fin, como dice Guillermo es no quedarse en la superficialidad de la Escritura, sino entablar amistad con ella e impregnarse verdaderamente de su sentido. Por eso, en contra del “mariposeo”, su consejo es que el lector elija algún autor sagrado, lo lea y medite detenidamente hasta imbuirse de él: “Preciso es, más bien, estudiar detenidamente a determinados autores y habituarse a ellos” (Ibidem). Se trata de conectar con el autor, de identificarse con él, entrando en su mismo espíritu y doctrina, y así interpretarlo correctamente. Pero esto no es posible sin un studium, sin una asidua lectura y meditación. Así, en una frase que se parece mucho a lo que siglos después dirá el Concilio Vaticano II en la Dei Verbum, 12, escribe:

“Las Escrituras santas han de leerse y entenderse en el mismo espíritu con que fueron escritas. Nunca podrá llegarse al sentido íntimo de san Pablo, mientras no logremos imbuirnos de su espíritu por medio de una lectura colmada de buena intención y de una meditación asidua” (Ibidem 70).

            Pero el studium, como hemos dicho, no tiene para Guillermo, un fin intelectual, sino puramente espiritual. Este gran buscador de Dios, que algunos han considerado el mejor teólogo del siglo XII, escribió duras críticas contra el intelectualismo que invadía las escuelas teológicas de su tiempo, que orientaban la lectio, no a la búsqueda de Dios, sino a la quaestio y a la disputatio, a la especulación y la controversia teológica, en una creciente tendencia racionalista, que terminará separando el ejercicio de la teología de la vida espiritual. En contraposición con ello, el sudium divinae legis, la lectio divina, está orientada a la meditación y a la oración, a la búsqueda de fe y al conocimiento amoroso contemplativo de Dios, que trasciende el meramente especulativo. Por eso la oración puede brotar perfectamente en el momento de la lectura, interrumpiendo su curso:

“La lectura ha de engendrar el afecto y formar la oración, que aunque aparentemente interrumpa dicha lectura, no es interrupción que la obstaculice, sino más bien purifica el alma para mejor volver a ella. La lectura se pone de este modo al servicio de la intención. Así, el que leyendo busca a Dios, todo cuanto lea le ayudará a ello y el sentimiento que en ese ejercicio ponga, cautivará su pensamiento en obsequio de Cristo”.

Cada cual encuentra en la Escritura lo que busca: el que busca a Dios, todo lo que lee le ayuda a ello; el que sólo busca un juego intelectual, sin leer movido por el amor de Dios, todo lo que lea le servirá para su malicia o vanidad. Para Guillermo, como para los demás autores monásticos, la lectio, la meditatio y la oratio se orientan a la experiencia del amor iluminado, a la sabiduría, al conocimiento amoroso y contemplativo de Dios: “Si el amor de Dios es engendrado por la gracia, la lectura espiritual lo amamanta (lactat), la meditación lo nutre, la oración lo vigoriza e ilumina”(CO105). Cuidar, alimentar, vigorizar e iluminar, son, en la Carta de Oro, el proceso y el fin de la lectio divina..

Antonio Mª Martín Fernández-Gallardo
S. Isidro de Dueñas

DÍA DEL PILAR

En día del Pilar nos reunimos, 20 personas de distintos puntos de España, para vivir un día diferente. Se desarrolló el día según el programa previsto. El ambiente extraordinario. Tuvimos una charla por la mañana. La impartió la Hermana Mª Candelas de la Iglesia sobre la Liturgia. Por la tarde, una introducción a la Lectio Divina por la Madre Abadesa Mª Isabel Ribero.

A petición de algunos asistente he colocado las dos charlas, asi como fotos para recordar este día.

 

 

 

LOS PASOS DE LA LECTIO

 “La lectura lleva alimento sólido a la boca, la meditación lo parte y lo mastica, la oración lo saborea, la contemplación es la misma dulzura que da gozo y recrea"
(Guido el Cartujo)

Los cuatro pasos "clásicos" de la lectio divina.
Los cuatro pasos de la lectura orante de la Biblia, tanto individual como comunitaria, son también cuatro actitudes permanentes que debemos tener ante la Palabra de Dios.
        Los cuatro pasos son la lectura, la meditación, la oración y la contemplación. No siempre es fácil distinguir uno de otro. Por ejem., lo que unos autores afirman de la lectura, otros lo atribuyen a la meditación etc. La causa de esta falta de claridad está en la propia naturaleza de la lectura orante. Se trata de un proceso dinámico de lectura, en el cual las diferentes etapas nacen una de la otra. Es como el paso de la noche al día. A la hora del amanecer, algunos dicen que aún es de noche, mientras otros dicen que ya es de día. Además se trata de cuatro actitudes permanentes. La actitud de lectura, por ejem., continúa también durante la meditación. Las cuatro actitudes existen y actúan juntas durante todo el proceso de la lectura orante, aunque siempre en intensidad diferente.

La lectura
        Es el primer paso para conocer y amar la Palabra de Dios. No se ama lo que no se conoce. Hay que leer mucho para familiarizarse con la Biblia.
        La lectura es una actividad elemental. Este primer paso es muy importante y muy exigente. No se puede hacer de manera superficial. La lectura debe ser perseverante y diaria. Exige disciplina. No puede ser interesada, sino gratuita, con una única finalidad: el Reino y el bien de las personas.
        Este primer paso es el punto de partida, no el punto de llegada. Prepara al lector para el diálogo de la meditación. Para que la meditación no sea fruto de una fantasía irreal, sino que esté fundamentada en el texto y en la realidad, es necesario que la lectura se haga con criterio y atención.
        Para la lectura:
        Leer varias veces. Si es necesario leer en voz alta intentando darle sentido. Leer hasta que resulte familiar y se le coja el gusto.
       
        La meditación
       Es el segundo paso. La lectura responde a la pregunta ¿qué dice el texto? La meditación va a responder a la pregunta: ¿qué dice el texto para mí, para nosotros? La meditación indica el esfuerzo que se hace para actualizar el texto y traerlo dentro del horizonte de nuestra vida y de nuestra realidad, tanto personal como social.
       ¿Cual es el mensaje del texto para nuestra situación? ¿Qué cambios de comportamiento sugiere para mí?
        Para la meditación:
        Leo un pequeño párrafo, lo vuelvo a leer, lo rumió, lo repito, lo dejo reposar tranquilamente.
       Acudo a libros que me iluminen sobre lo que ya he descubierto con la lectura. Leo intentando enterarme, darme cuenta. Lo escribo a ver si he captado bien lo que este libro o comentario al texto me quiere decir.
       
        La actitud de oración
        Está presente desde el comienzo de la lectura orante. Pero dentro de la dinámica de esta lectura debe haber un momento especial, propio para la oración.
        Por la lectura descubrimos lo que dice el texto; por la meditación conseguimos aplicarlo a nuestra vida. Hasta ahora era Dios el que hablaba. Llegó ahora el momento de la oración propiamente dicha. ¿Qué nos hace decir el texto a Dios? Dependiendo de lo que se oyó de parte de Dios en la lectura y en la meditación, la respuesta puede ser de alabanza, de acción de gracias, de petición o de perdón, puede ser incluso de rebeldía o de imprecación, como fue la respuesta de Job, de Jeremías y de tantos Salmos.
       
        La contemplación
                Reúne todo el camino recorrido hasta ahora, nos hemos colocado ante Dios, hemos leído y escuchado la Palabra, hemos estudiado y descubierto el sentido, hemos transformado todo eso en oración. Ahora, teniendo todo eso en la mente y en el corazón, empezamos a ver y entender la vida, la historia, la situación. Es la mirada de Dios sobre el mundo. Esta manera de ver y entender nuestra realidad es la contemplación, que nos lleva a una nueva acción.

        Para la oración y contemplación
       ¿Qué valores fundamentales hay en el fondo de este texto? ¿Cual es el mensaje principal? ¿Lo dejo pasar de la mente y resonar afectivamente en mí? ¿Qué sentimientos me despierta y por qué? ¿Hasta donde me llega? ¿Encuentro alguna resistencia? ¿Por qué?
        ¿Cómo me uno a la oración universal?
        ¿Qué acontecimiento del aquí y ahora ilumina este texto?    ¿Qué tiene que ver esta historia, los acontecimientos de hoy, con el mensaje de la Palabra de Dios? ¿Cómo puedo leer estos hechos y los cotidianos con los ojos de fe? ¿Qué me pide a mi misma?
        ¿A qué tipo de oración me invita el texto: alabanza, petición, acción de gracias? ¿Cómo me puedo encontrar con Cristo a través de este texto? ¿Cómo me siento llamada a unirme a él a partir de esta Palabra?

"La lectura lleva alimento sólido a la boca, la meditación lo parte y lo mastica, la oración lo saborea, la contemplación es la misma dulzura que da gozo y recrea".  Guido el Cartujo

 

TEMA: LITURGIA

Liturgia viene de la palabra griega “leitourgia”, compuesta a su vez por: “leitos” = popular, del pueblo; y por “ergon” = obra. Por tanto desde el uso griego quiere decir. Obra que no pertenece a la utilidad privada, sino a la comunidad (social y religiosamente)
La Biblia, en su traducción griega, en el A.T, aplicó el término, sobre todo, al servicio cúltico del Templo. En el N.T. se habla también de esta liturgia judía del Templo ( p.e., el ministerio de Zacarías, padre del Bautista,. Sacerdote del Templo Lc 1,8), pero cuando se aplica a las realidades propias cristianas, se llama “licurgo” a Cristo, Sumo Sacerdote, y también a la “liturgia” de la vida, como en el ministerio de un apóstol (Rm 15,16) o a la caridad fraterna (Rm 15,17; Fil 1,5)  (“Ministro de Cristo anunciando como un sacerdote del evangelio de Dios”).
Con el nombre de “liturgia”, en el sentido que le damos ahora, se designan aquellas celebraciones que la Iglesia considera como suyas, tienen un ritual y se realizan por la comunidad y los ministros señalados para el caso: Eucaristía, Sacramentos, Liturgia de las Horas… No son el Rosario, ni el Vía crucis…
Por la “Liturgia” se ejerce la obra de nuestra redención (S C 2). Por ella, Cristo nos comunica la fuerza salvadora de su Misterio Pascual, haciéndose presente: en la comunidad, e el ministro ordenado, en la proclamación de la Palabra, en la acción de todos  los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, donde se identifica con el pan y el vino, se nos da él mismo como alimento (SC 7)
Realmente, por esta obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima Esposa la Iglesia, que invoca a su Señor y por él tributa culto al Padre Eterno.
Con razón se considera a la “Liturgia” como el ejercicio del sacerdocio de Cristo de JC. En ella, los signos sensibles, y cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre; y así el Cuerpo Místico de Cristo, la Cabeza y los miembros, ejerce el culto público  íntegro. (SC 7).
En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obre de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia (SC/). Es la cumbre a la que tiende la actividad  de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza (SC. 10).
Es obra de la Trinidad, que nos comunica la gracia Pascual y obra de la comunidad cristiana, presidida y animada por sus ministros.

La Liturgia es un diálogo entre Dios glorificado y el hombre santificado

El Salmo Responsorial transforma la enseñanza de la 1ª lectura en plegaria. Es la respuesta precisa a la Palabra de Dios escuchada. Es la actualización de las maravillas de Dios ya sea por la alabanza, acción de gracias, petición
Es parte integrante de la Liturgia de la Palabra y se inserta en su ritmo.

La 1ª Lectura y el Salmo son meditación y plegaria.

Dios habla al Hombre y este responde. Esta respuesta es una confesión de fe  y se expresa de diferentes maneras. La más sencilla es el AMÉN. Una más completa es la BENCICIÓN:  Benedictus, Magníficat.

EL OFICIO DIVINO
La Liturgia de las Horas es la oración que a lo largo de los siglos ha organizado la Iglesia siguiendo el ritmo del día y de la noche, la mañana y la tarde.  Tiene un ritmo cósmico
El lugar central de la vida de los monasterios es el Oficio divino, del que dijo S.Benito “nada se anteponga al Oficio Divino”.
Orar como Cristo. Él es el mejor maestro de oración. La oración filial, que el Padre espera de sus hijos, va a ser vivida por el propio Hijo único en su humanidad, con los hombres y a favor de ellos”.
Va dirigida, ante todo, a Dios como Padre. Su oración a veces es de alabanza y otras de súplica, pero siempre de entrega y disponibilidad, de confianza filial y de diálogo. Brota de la comunión que tiene con el Padre y está movida únicamente por el Espíritu Santo.

Orar con Cristo.  Con Él hoy y aquí. Cristo Jesús cuando tomó la naturaleza humana, introdujo en este exilio terrestre aquel himno que se canta perpetuamente en el cielo”. Ahora, como Señor resucitado en su existencia pascual sigue orando, “resuena en el corazón de Cristo la alabanza a Dios con palabras humanas de adoración, se súplica, de intercesión.
Nuestra oración no es sólo nuestra. Es oración con Cristo: Él une  a sí a toda la comunidad humana y se establece una unión íntima entre la oración de Cristo y la de todo el género  humano
Cristo está siempre en actitud de oración, y nosotros nos unimos  Él y  rezamos con Él: concelebramos con Él. Los salmos que cantamos resuenan primero en el corazón del Señor Resucitado, y luego en el nuestro. Las alabanzas las cantamos nosotros, pero el que las eleva a Dios, haciéndolas suyas, es Cristo. Es la oración de Cristo con su Cuerpo. Cristo asocia a su comunidad  a su propia oración de alabanza y de intercesión por la humanidad. Así nos convertimos en el “sacramento de Cristo orante”

La oración de la Iglesia.
Oración de la Iglesia como continuación de la oración de Cristo y la inserción de la misma Iglesia en el diálogo eterno entre Cristo y el Padre en el Espíritu Santo a través de la oración de las Horas

 La Liturgia de las Horas tiene una particularidad importante: es la oración que la Iglesia ha hecho suya, ya desde el principio. Es oración personal, pero no sólo personal: es oración eclesial. Es la que la comunidad cristiana ha organizado, a  lo largo de las horas del día para santificar el tiempo y orientar toda nuestra existencia a Dios. Es la oración oficial, la que la Iglesia considera como suya, por tanto tiene la eficacia y la dignidad de ser la oración eclesial por excelencia, unida a la de Cristo.
Toda la existencia queda marcada por esta plegaria
La Iglesia la considera como la oración de todo el pueblo de Dios: todos son invitados a esta oración litúrgica, sobre todo las horas fundamentales: Laudes y Vísperas.
Toda la comunidad cristiana, por el Bautismo,  participa del sacerdocio de Cristo, o sea, es con Él mediadora entre Dios y la humanidad.
Se llama a la Liturgia de las Horas “oración comunitaria del pueblo de Dios” “oración que la comunidad realiza con Cristo”

Es celebración en torno a la Palabra de Dios y con la Palabra de Dios
            Se va creando en quien la celebra un alma universal. Oramos con los Salmos en sus diversas actitudes y sentimientos.
Los Salmos salidos del mismo corazón de Cristo. Prefiguran a Cristo. Es el Libro más citado en el N.T. (58 veces)
 Salimos del subjetivismo y del propio yo al abrirnos con las preces de Laudes y Vísperas a las necesidades y anhelos del mundo entero. Adquirimos sentimientos eclesiales en el canto o recitación del himno, etc.
            Vivimos el ideal de la oración continua.
            La fidelidad a la celebración del Oficio Divino crea en nosotros una disposición habitual para la oración sencilla y contemplativa, de intercesión y alabanza en torno a la Palabra de Dios así vamos acompañando a la humanidad en su caminar por la historia.
La Liturgia de las Horas no es una evasión del mundo en que vivimos sino una irrupción constante de la divino en lo humano

Laudes es como un “despertar espiritual” que quiere animarnos a vivir toda la jornada en presencia de Dios y entregados a su servicio. Los himnos de Laudes nos pueden ayudar mucho. Alegre la mañana; En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu salimos de la noche y estrenamos la aurora, saludamos el gozo de la luz que nos llega resucitada y resucitadora.; Bendita la mañana que trae la noticia de tu presencia joven… Cristo, alegría del mundo.   Nacidos de la luz, hijos del día… el hombre estrena claridad de corazón cada mañana…  en tu Nombre dormimos y amanecemos
Memorial de la Creación y de la Resurrección de JC

Vísperas. Recoge el día, como haya sido. El sol cósmico se pone, pero el Sol que es Cristo  nos seguirá alumbrando también de noche,  su presencia nos acompaña siempre. Tenemos también el recuerdo para la Virgen: en el Magnificat se nos presenta Ella como la mejor maestra de oración en la escuela de Jesús. Decir con María el canto del Magnificat es un buen resumen de la jornada.
Memorial de la entrega de Cristo en la Cruz

La Hora Intermedia nos ayuda a interrumpir brevemente nuestro apretado horario y reorientar sobre la marcha nuestras ocupaciones.
Memorial de distintos momentos de la Pasión y de los comienzos de la Iglesia
Completas nos ayuda a terminar el día con sentimientos de confianza, sentirnos en las manos de Dios día y noche.
El Oficio de Lecturas nos obliga cada día a volver a la escuela de la mejor formación permanente que tenemos

Conviene que la celebración sea digna, atenta y devota,

“¿Cómo se aprende a rezar? Con los demás. Rezar siempre incluye un “con”. Aislado y solitario  no se puede rezar a Dios. Aprendo a rezar al rezar –con- otros. Al rezar con mi madre  [la Iglesia], al aceptar el don de sus palabras”

 

 

JORNADA MONÁSTICA

El sábado 14 de julio estrenamos este apartado de Noticias de la página del Monasterio, con un acontecimiento que vivimos aquí en Vico; fue una jornada Monástica, con el fin de dar a conocer nuestra vida.

Nos reunimos 18 personas venidas de distintas ciudades: Madrid, Guipuzcoa, Logroño, Calahorra, Tudela (Navarra), Arnedo.

Algunas ya habían asistido a otras jornadas. Fue un día muy provechoso y muy rico en todos los sentidos.

Comenzamos con una Eucaristía a las 9 de la mañana; después una charla impartida por la Hermana Carmen Abad, que la podéis leer más abajo. A continuación, se hicieron grupos para los distintos trabajos y realizados en silencio, en un clima de oración, como se hace en la Vida Monástica: "ora et labora".

A las 13,15 rezamos la hora de Sexta, después la comida. Descanso hasta las 16,15; en este momento la Madre Mª Isabel Ribero, Abadesa del Monasterio, hizo una introducción de cómo hacer la Lectio Divina.

Bajamos a la Iglesia y allí, sentadas en el coro, lugar que ocupan las hermanas cuando rezan, hicimos la lectio y la compartimos. A las 17,15 tuvimos la evaluación; a las 18,45, Vísperas. Así terminamos la jornada.

A continuación podemos leer la charla.

 

SENTIDO Y VICENCIA DE LA VIDA MONÁSTICA

Hermana Carmen Abad (Monasterio de Ntra. Sr. de Vico, 14 de Julio 2007)

 

¿Qué hacen las monjas durante un día en el Monasterio?

Lo primero de todo, vamos a ver el horario, porque naturalmente, todo grupo humano tiene que tener una estructura para saber en cada momento lo que hay que hacer.
HORARIO

Primero, es conveniente, sentar un principio:
        Dios no es una entidad fría y abstracta, sino que es ALGUIEN, mejor el único ALGUIEN SER REAL, LA VIDA MISMA que se ocupa constantemente de nosotros, para testimoniarnos, sobre todo, su amor de Padre que nos acompaña constantemente a lo largo del día.
      

¿Qué hacen las monjas durante la jornada?
¿Esperan todo el día como los obreros de la parábola sin haber hecho nada?
¿Qué sentido tiene su vida? – ¿Qué hacen ahí metidas? – Tantas necesidades como tiene nuestra sociedad, ¿por qué no hacen algo por los demás?
       

Y es que, realmente, nosotras no hacemos nada. Intentamos SER. Hemos sido llamadas por el Padre de Familia. Hemos sido convocadas y hemos respondido. Nos ha dado trabajo y no tenemos que perder el tiempo. Nos levantamos temprano, no para deambular por el Monasterio, sino para ocuparnos de Dios, para hacer suyos, nuestros, los problemas de la Iglesia, los problemas de la humanidad.
       

El monje sobre todo reza, es su función y su tarea y su responsabilidad en la Iglesia
S. Pablo dice: ¡Ay de mi si no evangelizara!, pues el monje bien podría decir ¡Ay de mi si no rezara!  En el cielo se entenderá del todo la tarea del monje…
       

Vivimos juntos en familia, codo con codo, pero vivimos bajo la mirada de Dios, en una cierta soledad más bien interior y hablamos con Dios.
Guillermo de Saint-Thierry decía: Dame, Señor, un corazón solitario y un diálogo contigo. Aquí encaja lo que decía el Hermano Rafael, “calla hermano, que estoy hablando con Dios”.
       

Los monjes estamos ocupados, rezamos, trabajamos: rezamos trabajando, y trabajamos rezando. Hombres de oración y trabajo, según el antiguo programa de los Padres del desierto: “Ora et labora”, reza y trabaja.
Los monjes vivimos la jornada monástica conscientes de haber sido llamados a una tarea sagrada como nos recuerda San Pablo: “Dios nos ha elegido en Cristo, desde antes de la creación del mundo para que seamos santos e irreprochables delante de El.

Los monjes somos auténticos anawin – pobres – del Padre. La presencia de Dios nos purifica, nos interpela. La presencia de Dios es como un espejo: los monjes/as nos “vemos” en esa presencia de Dios, tal cual es y acoge la gracia que le da el Padre que es la conversión continua.
       

El monje desde la mañana a la noche, desde la noche hasta la mañana debe de “ocuparse de Dios”, encontrar toda la dicha en Dios. (Guillermo de Saint Thierry).
Lo específico del monje es la búsqueda de Dios desde su misma raíz, abriendo el corazón a la escucha de la PALABRA divina, junto con otros hermanos y viviendo el Misterio de salvación de Cristo al actualizarlo día a día en la liturgia.
       

El lugar donde se lleva a cabo todo esto es en el Monasterio," Escuela del Servicio Divino", la llamaba San Benito, "Escuela de Cristo y Escuela de caridad", lo suelen llamar los primeros cistercienses.
       

La jornada del monje está dividida en tres grandes bloques:

Todo esto vivido en y con una comunidad de hermanos, en un clima de oración continua que favorece el recuerdo de Dios, por lo que cuidamos el silencio.
       

Junto a estos grandes rasgos, la espiritualidad cisterciense tiene también otros aspectos que le dan un aire peculiar, como son la sencillez y la sobriedad elegidas libremente para simplificar el corazón, la humildad como expresión del propio conocimiento y del seguimiento a Cristo en su abajamiento; la obediencia como rasgo característico del que está abierto al Espíritu.
       

La jornada monástica es para muchos un día anodino, sin relieve, una cosa vulgar que no vale la pena, pero para los que han sido tocados por Dios, es cosa muy distinta. Hay que ser contemplativos para saber vivir y valorar la jornada monástica.
       

Para el monje enamorado de veras, cada día es nuevo, es un estreno en el amor. Cada día tiene su interés y su valor propio. El monje no tiene derecho a perder su tiempo. Ocupa una humilde función en la Iglesia: no predica, no va a misiones, pero debe orar, ser vigilante.
       

El monje es contemplativo, mas…¡cuidado! No ser “ad honores” (como yo nadie), tiene que hacer lo que ha venido a hacer. San Bernardo, durante su noviciado, se repetía incansablemente: Bernardo, Bernardo a ¿qué has venido?  El monje debe comparar su vocación con lo que vive en realidad, no gloriarse, sino humillarse.
       

La ciencia que adquiere es al mismo tiempo la del poder y la misericordia de Dios y la impotencia, su pequeñez, esta doble ciencia no le causa tristeza y amargura, ¡al contrario! Con el corazón dilatado se da cuenta cada vez más, de que no puede nada, que no hace más que bobadas en el campo espiritual y que siempre incansablemente Dios le levanta, le ayuda, le quiere. Doble ciencia la de Dios y la suya. Saber que Dios es Dios, pero también saber que somos hombres y esto último conlleva y acarrea mucha miseria.
       

El monje debe estar abierto a las cosas celestiales en el retorno a Cristo. Nuestros cuerpos están abajo, nuestros corazones en lo alto. El monje tiene que ser capaz de descubrir lo eterno en lo temporal, lo celeste en lo terrestre, lo divino en lo humano, es decir, al Creador en la criatura. Para esto tenemos que estar vigilantes, no dormirnos en la satisfacción.
       

La mayor tendencia del monje es “cansarse de no ser nada”. Como dijo el poeta Paul Verbain, “La vida humilde con sus trabajos tediosos y fáciles es obra de los elegidos y pide mucho amor”.
       

Concluimos con esta bella frase de S. Agustín:”Lo que es pequeño es pequeño, pero ser fiel en lo pequeño es cosa muy grande”.